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Una práctica industrial / An industrial practice

  • Foto del escritor: Oscar Fuentes Arquitectos
    Oscar Fuentes Arquitectos
  • 20 ene 2021
  • 6 Min. de lectura

Actualizado: 22 oct 2025

Por Oscar Fuentes


El desarrollo de mi práctica como arquitecto está inserta en la industria de la construcción y -salvo por dos experiencias concretas de obra estatal- en el mundo privado. Debo reconocer que no digo esto de un modo resignado, sino muy por el contrario, es mi intención trabajar en ese campo en el cual el arquitecto debe ser más un técnico que trata de encontrar un espesor cultural a su producción que un artista que trata de expresarse. Dicho de otra manera, no entiendo a la arquitectura como una expresión individual de alguien dotado con un determinado talento, sino como una práctica colectiva en la que el arquitecto es solo alguien con un saber específico.

Esto me ha llevado a estar más atento al estudio de las estructuras arquitectónicas de las obras -especialmente los desarrollos tipológicos- que a la búsqueda de particularidades en el diseño y expresión de las partes. Trato especialmente que mis obras encuentren su principal característica en su organización -entendiendo por tal las relaciones de estructura, funcionamiento y espacio- dejando que las partes se definan del modo más anónimo posible.

No es casualidad que el grueso de mi práctica consista en vivienda colectiva de diferentes densidades: es este un campo en el cual es indispensable estar más atento a las demandas tipológicas que a las de representación.

Sé perfectamente que esta vocación me coloca en las antípodas de los desarrollos arquitectónicos de las últimas dos décadas, pero creo que los arquitectos no podemos aceptar acríticamente la regresión que han implicado las búsquedas que dominan la escena y llenan las páginas de cuanta publicación de arquitectura (y aun mas allá) se precie hoy de estar al día.

Mi trabajo trata, en este sentido, de trabajar con los mínimos márgenes en los que las condiciones de producción -regidas por la economía, los marcos regulatorios, las características específicas de la industria de la construcción en las que se inserta cada obra, etc.) me permiten desarrollar ideas que coloquen a las obras en un marco cultural. Este tipo de práctica lleva a renunciar a imponerle a las obras una complejidad que no demandan, exige ser consciente de los límites de las opciones posibles. Pero mucho más, a la renuncia de imponer a las obras un carácter que no demandan en absoluto.

Estas definiciones podrían ser vistas como conservadoras o resignadas, pero muy por el contrario, creo que nos permiten concentrarnos en los verdaderos problemas que los arquitectos debemos enfrentar.

Pero también este tipo de reflexión rige mis obras de carácter público. Los dos parques que he construido (ambos lamentablemente inacabados), están regidos por estas mismas ideas: tanto el Parque Central de Mendoza como el Hipólito Yrigoyen de Rosario parten de premisas específicas cuyo carácter nunca es aspiración de expresión personal. Ambas obras presentan el mismo tipo de indagación en características objetivas -y repetibles- de su particularidad, más que preocupaciones por buscar un carácter único e irrepetible.

Y si creo que esta vocación por lo repetible, colectivo e impersonal, debe verificarse tanto en obras privadas como públicas, creo que el campo en el que éticamente mas debe verificarse es en el de la vivienda particular. Este campo, fértil en sus posibilidades de investigación debido a la libertad de programa y escala, es una oportunidad única para buscar los modos en los que este tipo de práctica, que elude las particularidades y personalismos, puede encontrar -sin caer en retóricas innecesarias- el carácter pertinente que muestre el sentido de estas ideas.

También el de la vivienda colectiva de baja escala se ha mostrado como un campo con muchas posibilidades de investigación y opciones. Los desarrollos que se producen a partir del encuentro de normativas y demandas -que por la escala se vuelven más laxas- con parcelas de tamaño mínimo, junto a aspiraciones de permitir modos de vida diversos, me han posibilitado desarrollar obras que, como el edificio en Villa Urquiza, buscan encontrar posibilidades tipológicas que los grandes desarrollos imposibilitan. Es cierto que cada escala tiene su diversa línea de opciones, pero las obras de vivienda de pequeña densidad se han mostrado más permeables a líneas de investigación que abren el campo de posibilidades a los que este tipo de práctica puede aspirar.

Mi búsqueda, hoy, consiste en tratar de encontrar de que modo estas aspiraciones -de un carácter primariamente ético- alcanzan su lógica estética.

*En Tierra Agua, Javier Mendiondo, Marco D'Annuntiis, Eduardo Castellitti, Gianluigi Mondaini y Marco Burrascano, dgb.books, 2010-2011.



***


The development of my practice as an architect is embedded in the construction industry and—except for two specific experiences with state projects—in the private sector. I must admit that I don't say this in a resigned manner, but quite the contrary: my intention is to work in a field in which the architect must be more of a technician seeking to find cultural depth in his or her work than an artist seeking to express himself or herself. In other words, I don't understand architecture as an individual expression of someone endowed with a particular talent, but rather as a collective practice in which the architect is simply someone with specific knowledge.


This has led me to pay more attention to the study of the architectural structures of the works—especially typological developments—than to the search for particularities in the design and expression of the parts. I especially strive to ensure that my works find their main characteristic in their organization—understanding this as the relationships of structure, function, and space—allowing the parts to define themselves as anonymously as possible.


It's no coincidence that the bulk of my practice consists of collective housing of varying densities: this is a field in which it is essential to be more attentive to typological demands than to those of representation.


I am fully aware that this vocation places me at the antipodes of the architectural developments of the last two decades, but I believe that architects cannot uncritically accept the regression implied by the research that dominates the scene and fills the pages of every architectural publication (and beyond) that claims to be up-to-date today.


My work, in this sense, seeks to work within the minimal margins within which the conditions of production—governed by the economy, regulatory frameworks, the specific characteristics of the construction industry in which each project is inserted, etc.—allow me to develop ideas that place the works within a cultural framework. This type of practice leads me to refuse to impose on the works a complexity they don't demand; it requires an awareness of the limits of the possible options. But much more, to the refusal to impose on works a character they do not require at all.


These definitions could be seen as conservative or resigned, but quite the contrary, I believe they allow us to focus on the real problems that architects must face.


But this type of reflection also governs my public works. The two parks I have built (both unfortunately unfinished) are governed by these same ideas: both the Central Park in Mendoza and the Hipólito Yrigoyen Park in Rosario are based on specific premises, the character of which is never an aspiration for personal expression. Both works present the same type of inquiry into objective—and repeatable—characteristics of their particularity, rather than concerns about seeking a unique and unrepeatable character.


And if I believe that this vocation for the repeatable, collective, and impersonal should be verified in both private and public works, I believe that the field in which it most ethically should be verified is in that of private housing. This field, fertile in its research possibilities due to the freedom of program and scale, is a unique opportunity to explore the ways in which this type of practice, which eludes particularities and personalities, can find—without falling into unnecessary rhetoric—the pertinent character that demonstrates the meaning of these ideas.

 

Low-scale collective housing has also proven to be a field with many research possibilities and options. The developments that arise from the intersection of regulations and demands—which become more lax due to scale—with minimum-sized plots, along with aspirations to allow for diverse lifestyles, have enabled me to develop works that, like the building in Villa Urquiza, seek to discover typological possibilities that large developments make impossible. It is true that each scale has its diverse range of options, but low-density housing projects have proven more open to lines of research that open up the field of possibilities to which this type of practice can aspire.


My quest today consists in trying to find out how these aspirations—of a primarily ethical nature—achieve their aesthetic logic.

 

Translated with the aid of Google Translate

 
 
 

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