Pruitt-Igoe
- Oscar Fuentes Arquitectos

- 20 ene 2021
- 11 Min. de lectura
Actualizado: 3 nov 2025
Por Oscar Fuentes

Minoru Yamasaki puede ser considerado el arquitecto más desafortunado entre aquellos que obtuvieron algún reconocimiento internacional. Porque si bien su obra más importante, el World Trade Center, fue objeto del peor atentado de la historia de los Estados Unidos (no así del mundo, no nos olvidemos del bombardeo de Dresden), otra obra de su autoría sufrió también una escandalosa demolición. Y lo peor, fue que la cultura arquitectónica internacional (al menos su parte mas reaccionaria) la festejó con fruición. Me refiero al conjunto de Pruitt-Igoe (en el que en realidad Yamasaki era la cara visible de Helmuth,Yamasaki & Leinweber Architects).
Desde que Charles Jencks definiera el comienzo de esta demolición como la muerte de la Arquitectura Moderna, Pruitt-Igoe ocupó un lugar en la cultura arquitectónica mundial. Este evento, fue usado por muchos como una oportunidad para sacarse de encima el lastre que más les pesaba de los ideales del Movimiento Moderno (MM): sus aspiraciones sociales, o dicho de otra manera, su perfil más político.
Pero Pruitt-Igoe fue desde su origen, en 1950, un problema que excedió en mucho los alcances de la arquitectura. Cuando en la segunda postguerra, se produjeron en todo el mundo migraciones masivas del campo a las ciudades, en St. Louis, Estado de Missouri, esto afectó de una manera muy particular. La migración del campo venía del sur profundo y tenía un perfil muy definido: era mayormente negra. Y como en todo el mundo esta era migración de gente muy pobre en busca de las oportunidades que las grandes ciudades prometían. Cuando estas personas comenzaron a radicarse en los barrios más antiguos de la ciudad, pronto las autoridades (blancas y racistas) comenzaron a preocuparse. Si esta locación masiva de gente negra se extendía por la ciudad -razonaban ellos-, los valores de la propiedad descenderían. Fue así, que disfrazando la operación de salvaguarda de las condiciones de vida de la población de menores recursos de la ciudad, se presentó el proyecto de un conjunto de 5.800 departamentos distribuidos en 33 edificios de 11 pisos cada uno.
El proyecto arrancaba mal desde el principio. Ya el mismo nombre muestra la mala conciencia de las autoridades a cargo. Se lo presentó con el nombre compuesto de un piloto negro de la Segunda Guerra Mundial Wendell Pruitt y de un político local blanco William Igoe. Esto se originaba en que Pruitt-Igoe eran en realidad dos conjuntos que estarían ocupados de manera diferenciada por población blanca y negra, todos de bajos recursos.
Los bajos costos exigidos por la autoridad Federal que brindaba los fondos para la construcción de la obra, hicieron que se rechazara el primer proyecto presentado por Yamasaki, que organizaba bloques de diferente tamaño y escala, para lograr una articulación urbana diferenciada. Para bajar costos, se canceló esta articulación y solo quedaron los grandes bloques, con circulación vertical mecánica con parada cada tres niveles, lo que concentraba la circulación horizontal en grandes circulaciones elevadas en la manera que proclamaban sus contemporáneos, los Neo-Brutalistas (hay que reconocer también que el conjunto no tomaba mucho más de esta corriente). El resto era un espacio exterior con escaso tratamiento y poca infraestructura (ni siquiera se plantó el “río de árboles’’ propuesto originalmente). Los edificios fueron construidos con fondos Federales, pero el mantenimiento sería pagado con los alquileres que pagarían los ocupantes.
Pronto comenzaron los problemas y, paradójicamente, estos comenzaron con una buena noticia. En 1956, cuando ya se estaban otorgando los departamentos, la Corte del estado de Missouri eliminó las leyes de discriminación racial, lo que generó que a partir de ese momento, la población negra y la blanca no debían estar separadas. La consecuencia fue que prácticamente ningún blanco quiso mudarse al conjunto (y los que ya lo habían hecho, se fueron), y entonces desde su origen, el conjunto entero fuera objeto de discriminación por el resto de los habitantes de St. Louis.
Además las autoridades impusieron a los beneficiarios de la entrega de departamentos, condiciones extremas. La más perniciosa -entre otras- fue la condición de que se privilegiaría la entrega de departamentos a familias mantenidas solo por la madre. Esto generó que ante la desesperación por conseguir una vivienda (las ruinosas casas que los más pobres podían alquilar, serían demolidas para aprovechar el suelo, de buena ubicación en la ciudad), muchas familias optaran por denunciar una falsa ausencia paterna. Las autoridades comenzaron a enviar controles policiales (especialmente nocturnos) y así fue que los niños eran instruidos para vivir en la mentira: había que ocultar la existencia de hombres en la casa.
Por otro lado, pronto se vio que los costos de mantenimiento serían mas altos que lo que los ocupantes podían pagar, lo que generó una rápida degradación del conjunto, ante la negativa de las autoridades de subsidiar parte de los gastos.
Todo esto hizo que pronto el conjunto se viera como un lugar del cual había que irse. Toda familia que lograba una mejora en su ingreso, se mudaba de Pruitt-Igoe, generando así una acelerada decadencia a causa de que solo quedaban los más pobres y que además, al ser menos habitantes, mayor debía ser el pago de cada uno para garantizar el mantenimiento. A 10 años de inaugurado, lo que fue presentado como un ejemplo de la ciudad del futuro (que obviamente describían brillante), se había convertido en un páramo donde reinaban la pobreza y la violencia.
Los debates se suscitaron y los habitantes comenzaron una lucha con reclamos para mejorar sus condiciones de vida. Pero ya no había ningún negocio por hacer. Si la construcción del conjunto beneficiaba a los propietarios de terrenos en la ciudad y, obviamente, a las empresas constructoras, el mantenimiento del conjunto solo beneficiaría a sus habitantes. Además, para estos, el barrio ya se había convertido en una cárcel (y tanto es así que uno de los proyectos para reutilizar los edificios, fue convertirlo en una penitenciaria federal).
Finalmente, lo que se decidió fue la demolición lisa y llana. Esta comenzó con la expulsión de los habitantes y la detonación del primero de los edificios el 16 de Marzo de 1972, la demolición completa del conjunto se extendió hasta 1976.
Así fue que, un año después, Jencks aprovechaba este evento para festejar el fin de la Arquitectura Moderna. Y allí comenzó un pacto tan perverso como el que marcó el destino de Pruitt-Igoe. Fueron muchos los que festejaron la definición de Jencks, sin atender a los factores que -no teniendo nada que ver con el proyecto-, fueron los verdaderos causantes del fracaso del conjunto. Muchos políticos y arquitectos adscribieron a esta definición de Jencks para aprovechar y cerrar la etapa social de la arquitectura y prácticamente toda gran ciudad (Buenos Aires entre ellas) tuvo su episodio de demolición de un gran conjunto de vivienda social con televisación incluida. Los políticos podían de esta manera olvidarse de resolver el problema más difícil de nuestras ciudades y los arquitectos ganábamos un lugar, ya que, culpar al proyecto del fracaso del barrio, era decir que un buen proyecto hubiera resuelto los problemas sociales.
Eran muchos los que querían desembarazarse de los aspectos sociales y políticos del MM, y esta era la oportunidad. La arquitectura volvería de esta manera a ser una materia para las clases privilegiadas de nuestras sociedades y los arquitectos nos ocuparíamos entonces solo de los grandes temas: ya no sería nuestro problema el de la vivienda masiva. La cultura arquitectónica retrocedía 100 años y de un plumazo se volvía a los valores del Beaux Arts.
El MM pagó de esta manera el precio de haberse desentendido de quienes fueron los actores que comenzaron los reclamos que le darían sustento. Los sectores sociales, políticos y profesionales (sindicalistas, socialistas, médicos, sanitaristas, etc.) que comenzaron en el siglo XIX a luchar por mejorar las condiciones de vida de los sectores postergados de la sociedad, enfrentados a la emergencia de las grandes ciudades. El haberse olvidado de este origen y hasta negar estas luchas (¿cuántas páginas de Gideon o Pevsner están dedicadas a estos episodios?) para privilegiar los debates formales, hizo que el MM pronto se convirtiera, para algunos, en un conjunto de estilemas sin ninguna carga política ni social.
Para Minoru Yamasaki este fue el gran fracaso de su vida, tanto es así que en su autobiografía no hace ninguna referencia a Pruitt-Igoe.
Este año se cumplen 40 años del comienzo de la demolición y se lo recuerda organizando un concurso donde se llama a proyectar en el vacío dejado, una propuesta urbana, con poca mención a los conflictos que llevaron a esta situación. Y mucho menos a los conflictos del presente.
*En Revista 1:100 número 38, mayo 2012, pp. 74-79.
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Minoru Yamasaki can be considered the most unfortunate architect among those who achieved international recognition. While his most important work, the World Trade Center, was the target of the worst terrorist attack in the history of the United States (though not in the world; let's not forget the bombing of Dresden), another of his works also suffered a scandalous demolition. And what's worse, the international architectural establishment (at least its more reactionary elements) celebrated it with relish. I'm referring to the Pruitt-Igoe complex (in which Yamasaki was actually the public face of Helmuth, Yamasaki & Leinweber Architects).
Ever since Charles Jencks defined the beginning of this demolition as the death of Modern Architecture, Pruitt-Igoe has occupied a place in world architectural culture. This event was used by many as an opportunity to shed the heaviest burden they carried from the ideals of the Modern Movement: its social aspirations, or in other words, its more political profile.
But Pruitt-Igoe, from its inception in 1950, was a problem that far exceeded the scope of architecture. When, in the aftermath of World War II, massive migrations from rural areas to cities occurred worldwide, this had a very particular impact on St. Louis, Missouri. The rural migration came from the Deep South and had a very defined profile: it was predominantly Black. And, as everywhere else in the world, this was a migration of very poor people in search of the opportunities that large cities promised. When these people began to settle in the city's older neighborhoods, the (white and racist) authorities soon began to worry. If this massive influx of Black people spread throughout the city, they reasoned, property values would plummet. Thus, disguising the operation as safeguarding the living conditions of the city's poorest population, the project of a complex of 5,800 apartments distributed in 33 buildings of 11 floors each was presented.
The project was doomed from the start. Even the name itself reveals the misgivings of the authorities in charge. It was presented with a name combining that of Wendell Pruitt, a Black World War II pilot, and William Igoe, a local white politician. This stemmed from the fact that Pruitt-Igoe was actually two separate complexes that would be occupied separately by low-income Black and white residents.
The low costs demanded by the federal government, which was providing the construction funds, led to the rejection of the first project presented by Yamasaki. This project organized blocks of varying sizes and scales to achieve a distinct urban design. To lower costs, this articulation was cancelled and only the large blocks remained, with mechanical vertical circulation stopping every three levels, which concentrated horizontal circulation in large elevated circulations in the way proclaimed by their contemporaries, the Neo-Brutalists (it must also be acknowledged that the complex did not take much more from this current). The rest was an undeveloped outdoor space with little infrastructure (not even the originally proposed "river of trees" was planted). The buildings were constructed with federal funds, but maintenance would be paid for by the rents paid by the residents.
Problems soon began, and paradoxically, they started with good news. In 1956, when the apartments were already being allocated, the Missouri State Supreme Court struck down racial discrimination laws, meaning that from then on, the Black and white populations no longer had to be segregated. The consequence was that virtually no white people wanted to move into the complex (and those who had already moved in left), and thus, from its inception, the entire complex was subject to discrimination by the rest of St. Louis's residents.
Furthermore, the authorities imposed extreme conditions on the recipients of the apartments. The most pernicious—among others—was the condition that priority would be given to families supported solely by the mother. This led to a situation where, in their desperation to find housing (the dilapidated houses) Houses that the poorest could rent were to be demolished to make use of the land (which was in a good location in the city), so many families opted to report a false absence of the father. The authorities began sending police officers (especially at night), and that's how the children were taught to live a lie: the existence of men in the house had to be hidden.
On the other hand, it soon became clear that maintenance costs would be higher than the residents could afford, leading to the rapid deterioration of the complex, given the authorities' refusal to subsidize any of the expenses.
All of this quickly made the complex seem like a place to leave. Any family that managed to improve their income moved out of Pruitt-Igoe, thus accelerating its decline because only the poorest remained, and with fewer residents, each person had to pay more to ensure upkeep. Ten years after its inauguration, what had been presented as an example of the city of the future (which they obviously described as brilliant) had become a wasteland where poverty and violence reigned.
Debates arose, and the residents began a struggle, demanding better living conditions. But there was no longer any business to be done. While the construction of the complex benefited the city's landowners and, obviously, the construction companies, its upkeep would only benefit its residents. Moreover, for them, the neighborhood had already become a prison (so much so that one of the proposed reuse projects for the buildings was to convert it into a federal penitentiary).
Ultimately, the decision was made to simply demolish it. This began with the eviction of the residents and the detonation of the first building on March 16, 1972. The complete demolition of the complex extended until 1976.
Thus, a year later, Jencks used this event to celebrate the end of Modern Architecture. And there began a pact as perverse as the one that sealed Pruitt-Igoe's fate. Many celebrated Jencks's pronouncement, ignoring the factors—unrelated to the project itself—that were the true causes of the complex's failure. Many politicians and architects subscribed to Jencks' definition to capitalize on and close the social phase of architecture, and practically every major city (Buenos Aires among them) had its episode of demolishing a large social housing complex, complete with televised coverage. Politicians could thus avoid solving the most difficult problem facing our cities, and architects gained a foothold, since blaming the project for the neighborhood's failure was tantamount to implying that a good project would have solved the social problems.
Many wanted to rid themselves of the social and political aspects of the Modern Movement, and this was their opportunity. Architecture would thus revert to being a subject for the privileged classes of our societies, and architects would then concern themselves only with the big issues: mass housing would no longer be their problem. Architectural culture regressed 100 years, and in one fell swoop, it returned to the values of the Beaux-Arts.
The MM thus paid the price for having disregarded those who initiated the demands that would give it its foundation. These were the social, political, and professional sectors (union members, socialists, doctors, public health workers, etc.) who began in the 19th century to fight for better living conditions for the marginalized sectors of society, facing the rise of large cities. By forgetting this origin and even denying these struggles (how many pages of Gideon or Pevsner are dedicated to these episodes?) in order to prioritize formal debates, the MM soon became, for some, a collection of stylistic elements devoid of any political or social weight.
For Minoru Yamasaki, this was the great failure of his life, so much so that he makes no reference to Pruitt-Igoe in his autobiography.
This year marks the 40th anniversary of the start of the demolition, and it is being commemorated by organizing a competition calling for urban design proposals to fill the void left behind, with little mention of the conflicts that led to this situation. And even less of the conflicts of the present.
Translated with the aid of Google Translate





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