Primer Premio Concurso Ministerio de la Educación Pública / First Prize, Ministry of Public Education Competition
- Oscar Fuentes Arquitectos

- 20 ene 2021
- 8 Min. de lectura
Actualizado: 3 nov 2025
Por Oscar Fuentes

La creación de un tipo es el momento más intenso de la arquitectura.
Cuando Rafael Moneo emitió la sentencia que oficia de epígrafe a este texto, sabía perfectamente que ponía a la praxis arquitectónica en una dimensión temporal que excede las modas o pretensiones de expresión individual a las que muchos arquitectos son afines. El planteo define al trabajo del arquitecto como una operación dentro de tradiciones específicas de las que no se puede sustraer y menos ignorar bajo riesgo de cometer el peor de los anacronismos: el de postular como creación algo ya hecho. El trabajo de un arquitecto es, bajo esta mirada, un trabajo muy riguroso dentro de campos de conocimientos específicos donde lo objetivo prima sobre lo subjetivo (sin llegar a cancelarlo).
No ignora tampoco Moneo el hecho de que la creación de un tipo no es materia de voluntad de un arquitecto. Resulta siempre de la confluencia de demandas, prácticas culturales y, a veces, de soluciones técnicas que permitan un salto de paradigma en los modos de organización del espacio.
Quizá el último de estos momentos de intensidad que conozcamos se haya producido a fines del siglo XIX, cuando la confluencia de ciertas demandas (el alto valor de la tierra producido por la concentración burocrática en la Chicago de esos años) y algunas soluciones técnicas (la resolución del nudo de perfiles laminados desarrollado por LeBaron Jenney y el freno para ascensores creado por Otis), permitieron el desarrollo -por primera vez en la historia de la arquitectura- de torres capaces de albergar actividad civil con cierta densidad. Hasta ese momento, las torres -especialmente debido a los problemas de sostén: la cantidad de material soportante prácticamente no dejaba superficie útil- solo estaban destinadas a fines militares o simbólicos.
Y como pocas veces en la historia de la arquitectura, en las primeras décadas del siglo XX, todos vieron en este tipo arquitectónico una potencialidad de futuro que hizo que tanto importantes desarrolladores (especialmente en EE.UU.) como arquitectos de vanguardia con nula capacidad de acceder a este tipo de encargo (mayormente en Europa) se pusieran a pensar en sus posibilidades de desarrollo.
Las propuestas exploraron tanto su potencialidad simbólica (de hecho, la carrera por tener el edificio más alto del mundo sigue hasta hoy) como las posibilidades tipológicas (las relaciones de núcleo de servicio y profundidad de planta útil no han dejado de ser estudiados), los retos estructurales (donde el crecimiento en altura hizo que el problema dejaran de ser los esfuerzos verticales para ser reemplazados por los esfuerzos horizontales), las resoluciones constructivas (especialmente en los cerramientos y estructura) y tantos otros ítems que el tipo permite y reclama desarrollar.
Pero si bien los caminos se centraron mayormente en la eficiencia (tanto en los aspectos tecnológicos como en los tipológicos), hubo también pruebas que exploraban soluciones que no parecían tenerla como meta principal (o que la medían con otros parámetros).
Y es en este tipo de búsquedas que podemos situar un proyecto presentado al concurso organizado por el Estado francés en 1970 para la construcción de la nueva sede del Ministerio de Educación Pública.
El concurso, llevado adelante en una fracción de ese sector de París conocido como La Defense (sector que, como en muchas otras ciudades del mundo, se eligió para concentrar las actividades terciarias tanto del sector privado como del sector público y evitar los problemas de suelo y acceso de los cascos históricos), implicaba por definición el desarrollo de una torre. Las demandas de densidad y actividad hacían que las propuestas estuvieran restringidas a este tipo arquitectónico.
El proyecto presentado por Joseph Belmont y Jean Prouve para este concurso propone una solución muy particular a las demandas de organización del espacio de las actividades terciarias. Porque si bien opta por una planta cuadrada donde -de un modo obvio- coloca en el perímetro externo las oficinas para dejar en el interior los espacios de servicio (circulación vertical, sanitarios, archivo, etc.), lo particular de la solución se centra en su propuesta de que el centro de la planta sea ocupado por tres espacios públicos yuxtapuestos, cada uno con una altura de aproximadamente 40 mts. Estos espacios son delimitados por la planta cuadrada de los servicios que oficia además de estructura principal resistente del edificio. Esta es abierta en puntos que permiten no solo el acceso al uso de los servicios que contiene, sino además la iluminación de estas plazas elevadas. El espacio perimetral de las oficinas cuelga de la estructura definida por los servicios, lo que les garantiza una transparencia extrema. Para evitar sobrecargar los tensores y aumentar las posibilidades de estiramientos no deseados, los pisos de oficinas se organizan en tres bloques de 11 pisos cada uno (solución similar al contemporáneo Edificio Pirelli de Mario Bigongiari). El resultado es ambiguo, porque si bien el edificio se ve como una torre de base muy amplia (lo que la hace lucir como un edificio de plantas muy profundas), en realidad la planta útil de oficinas es extremadamente angosta (con un ancho de crujía mas propio de un edificio de vivienda que de un edificio público de oficinas), lo que genera oficinas de alta calidad (la relación superficie-perímetro es en ese sentido óptima), que pagan un precio muy alto en cantidad de circulaciones horizontales y sufren una mala proporción entre espacio útil y superficie total. Obviamente este es el costo que se paga por los espacios públicos generados en su interior, y que son, en realidad, el corazón de la propuesta.
Incluso la definición de estos espacios muestra que es en ellos donde se ha puesto la mayor carga del proyecto. Porque lo que el sector de oficinas tiene de repetitivo y regular, el sector de las plazas lo tiene de singular e inesperado. Por otro lado, nada de su extraordinario interior se evidencia en su rutinario exterior: lo que por fuera aparece como una muy eficiente resolución de fachada, en el interior se evidencia como una propuesta muy audaz de ampliación de posibilidades del tipo torre. Y si bien era común en los principios del siglo XX la existencia de espacios de uso público dentro de las torres (especialmente centros comerciales y restaurantes), esta propuesta genera espacios públicos de una muy alta calidad de definición en el contexto de un edificio público desarrollado en altura. Además de ocupar casi la mitad del volumen construido: un dato no menor para medir la eficiencia del edificio en tiempos de aire acondicionado.
El edificio finalmente no fue construido y la cultura arquitectónica perdió una oportunidad de verificar cómo hubiera funcionado esta audaz propuesta de construir un conjunto de plazas yuxtapuestas en el corazón de una torre.
*En Revista 1:100 número 44, mayo 2013, pp 74-79.
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When Rafael Moneo issued the statement that serves as the epigraph to this text, he was perfectly aware that he was placing architectural practice within a temporal dimension that transcends the trends or pretensions of individual expression to which many architects are drawn. His approach defines the architect's work as an operation within specific traditions from which one cannot detach oneself, much less ignore, under the risk of committing the worst kind of anachronism: that of presenting as creation something already made. From this perspective, an architect's work is a highly rigorous endeavor within specific fields of knowledge where objectivity takes precedence over subjectivity (without, however, erasing it).
Moneo also recognizes that the creation of a building type is not a matter of an architect's will. It always results from the confluence of demands, cultural practices, and, sometimes, technical solutions that allow for a paradigm shift in the ways space is organized.
Perhaps the last such intense period we know of occurred at the end of the 19th century, when the confluence of certain demands (the high land value resulting from bureaucratic concentration in Chicago during those years) and some technical solutions (the solution to the rolled profile joint developed by LeBaron Jenney and the elevator brake created by Otis) allowed for the development—for the first time in the history of architecture—of towers capable of housing civilian activity at a certain density. Until then, towers—especially due to structural problems: the amount of supporting material left practically no usable floor space—were only intended for military or symbolic purposes.
And as rarely before in the history of architecture, in the first decades of the 20th century, everyone saw in this architectural type a future potential that led both major developers (especially in the US) and avant-garde architects with no access to this type of commission (mostly in Europe) to begin considering its development possibilities.
The proposals explored both its symbolic potential (in fact, the race to have the tallest building in the world continues to this day) and its typological possibilities (the relationship between service core and usable floor space depth has been continuously studied), structural challenges (where the increase in height meant that the problem shifted from vertical forces to horizontal ones), construction solutions (especially in the enclosures and structure), and so many other aspects that the type allows and demands to be developed.
But while the approaches focused mostly on efficiency (both in technological and typological aspects), there were also attempts that explored solutions that did not seem to have it as their primary goal (or that measured it with other parameters).
And it is within this type of exploration that we can situate a project submitted to the competition organized by the French State in 1970 for the construction of the new headquarters of the Ministry of Public Education.
The competition, held in a section of Paris known as La Défense (an area chosen, as in many other cities worldwide, to concentrate tertiary activities from both the private and public sectors and avoid the land and access problems of historic city centers), inherently required the development of a tower. The demands for density and activity meant that the proposals were restricted to this architectural type.
The project submitted by Joseph Belmont and Jean Prouve for this competition proposes a very particular solution to the spatial organization requirements of tertiary activities. While it opts for a square floor plan where—obviously—offices are placed along the outer perimeter, leaving service areas (vertical circulation, restrooms, archives, etc.) in the interior, the solution's distinctive feature lies in its proposal to occupy the center of the floor plan with three juxtaposed public spaces, each approximately 40 meters high. These spaces are defined by the square service floor plan, which also serves as the building's main load-bearing structure. This structure is open at points that allow not only access to the services it contains but also natural light to these elevated plazas. The perimeter space of the offices is suspended from the structure defined by the services, guaranteeing them exceptional transparency. To avoid overloading the tension cables and increasing the likelihood of unwanted stretching, the office floors are organized into three blocks of 11 stories each (a solution similar to Mario Bigongiari's contemporary Pirelli Building). The result is ambiguous, because while the building appears as a tower with a very wide base (making it look like a building with very deep floors), the usable office space is actually extremely narrow (with a bay width more typical of a residential building than a public office building). This creates high-quality offices (the surface area-to-perimeter ratio is optimal in this respect), but at a high price in terms of horizontal circulation and a poor ratio between usable space and total area. This is obviously the price paid for the public spaces created within, which are, in fact, the heart of the proposal.
Even the definition of these spaces shows that they are where the greatest emphasis of the project has been placed. Because what the office sector is repetitive and conventional, the plaza sector is unique and unexpected. Furthermore, none of its extraordinary interior is evident in its routine exterior: what appears on the outside as a highly efficient facade solution reveals itself on the inside as a very bold proposal for expanding the possibilities of the tower type. And while it was common in the early 20th century for public spaces to exist within towers (especially shopping centers and restaurants), this proposal generates public spaces of exceptionally high quality within the context of a high-rise public building. Moreover, it occupies almost half of the built volume: a significant factor in measuring the building's air conditioning efficiency.
The building was ultimately never constructed, and architectural culture lost an opportunity to see how this bold proposal of building a series of juxtaposed plazas at the heart of a tower would have functioned.
Translated with the aid of Google Translate





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