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James Turrell o la arquitectura del absoluto

Por Oscar Fuentes


Escuchar al gerente de un hotel desaconsejar a un padre que vaya con sus hijos a ver ciertas obras de un artista “porque van a marearse”, puede parecer disparatado, con la única excepción de que uno haya experimentado el caso de ver niños trastabillar frente (o dentro) de las obras del artista mencionado.


El artista mencionado no es otro que James Turrell, y si no es claro si decir “frente” o “dentro”, se debe al hecho de que las obras de este artista de Arizona se nos aparecen como espacios arquitectónicos: espacios que podemos ocupar, atravesar, percibir en su forma (al menos aparente) o describir en sus relaciones de forma y proporción. Espacios muy particulares donde no solo se nos invita a una notable experiencia de forma, espacio y luz, sino que además se nos manipula con precisas técnicas sensoriales y donde se pone a prueba la relación que los seres humanos tenemos con el espacio, el modo en que este se define a partir de la luz y el rol central que nuestro carácter de bípedos erguidos tiene en nuestra percepción del espacio arquitectónico.


Las obras de James Turrell (dejo fuera de consideración de esta nota sus proyectos de capillas, en los que las necesidades del culto hacen que no desarrolle las posibilidades de la luz al extremo en que lo hace en el resto de sus obras) forman parte, junto con las de Robert Irwin, de Light and Space, un movimiento originado en los años sesenta en la costa Oeste norteamericana. Y son ciertamente las suyas las más extremas dentro de este grupo en el uso de la luz como definición de los espacios creados y especialmente en la distorsión en la percepción provocada a sus visitantes.


Turrell, formado en Psicología de la percepción antes que en arte, logra mediante el uso de técnicas de manipulación perceptiva (entre otras, las que desarrolló el Experimento Ganzfeld) un dominio total de cómo son apreciadas sus obras por parte de sus visitantes. Sus obras llevan al extremo la comprensión de cómo definimos nuestra percepción del espacio que nos rodea a partir de la luz que lo ilumina y de la distinción de las formas de los elementos que lo definen.

La homogeneización del espacio (a partir del uso de luces que crean un efecto de densidad), la confusión en la percepción de los volúmenes y planos con que están definidos los espacios, el riguroso ajuste de detalles que nos niega la percepción de la materialidad de los elementos de construcción, el uso combinado e intencionado de luz artificial y natural, el dominio preciso de la temperatura de color de cada fuente de iluminación, la apertura puntual a vistas hacia el exterior (tratadas de un modo tan abstracto que convierte los cielos de sus locaciones en una fuente de luz tan extraña como las creadas por el artista) o el conocimiento de los cambios de percepción de espacios estratificados a partir del cambio en el uso de la luz, son solo algunas de las técnicas a las que Turrell recurre para desarrollar sus obras.


“Mi trabajo no tiene objeto, imagen ni foco. Sin objeto imagen ni foco, ¿que mira usted? Usted se mira a usted mismo mirando. Lo que es importante para mi es crear una experiencia de pensamiento sin palabras.” Con estas palabras (Turrell querrá “crear una experiencia de pensamiento sin palabras” pero usa muchas -incluyendo neologismos y conceptos desarrollados especialmente- para llevar adelante su trabajo) nos explica lo que aspira provocar con sus obras y que claramente consigue.


La experiencia de recorrerlas (y digo recorrer porque le asigno a su obra bidimensional -por llamarla de una manera tan abstracta como sus obras tridimensionales- un carácter subsidiario, casi de representación) es claramente una experiencia de introspección. Uno, en sus obras, ciertamente se encuentra a uno mismo “mirándose mirar”, preguntándose de que se trata la experiencia que está viviendo, cual es el carácter de la misma.


Encontrarnos frente a obras que, incluso en personas con desarrollada formación en percepción del espacio producen perplejidad y confusión sobre que tipo de espacio uno está ocupando (y eludo el verbo habitar con deliberación: las obras de Turrell son imposibles de habitar) nos obligan a redefinir el modo en que damos cada paso. Los límites de los espacios que ocupamos (quizá este es el verbo, somos completos extraños dentro de las obras de Turrell) no nos son claros, el carácter material que les otorgamos en principio, no es tan material como creíamos, los focos que creemos percibir desaparecen apenas nos acercamos a ellos, toda definición que necesitamos para movernos dentro de estos espacios es ilusoria. Por eso la palabra con la que mejor los podemos definir es “desastibilizadores” y por eso los niños (y más de un adulto) pueden tener problemas de estabilidad, las precisiones que necesitamos para movernos en un espacio desaparecen en las obras de James Turrell.


Y por eso podemos decir con claridad que las sus obras son espacios arquitectónicos (son tridimensionales, pasibles de recorrer y reconstruir) pero no arquitectura. La obra de James Turrell, como la de cualquier arquitecto es representada en planos previamente a su construcción (incluso si uno compra una de sus obras recibe planos, instrucciones, pliegos y hasta control y exigencias de obra) pero no es arquitectura. Llega incluso a tener detalles cuyo origen es claramente arquitectónico (remedos de capiteles, escaleras, vanos, gargantas de luz, vanos) pero de ninguna manera su obra pasa del status de obra de arte a arquitectura.


La imposibilidad de habitarlos, el uso imposible, nos demuestra el lugar que la utilitas

de la tríada Vitruviana tiene en la definición de la arquitectura. Las obras de Turrell podrán cumplir con venustas (sus obras son bellísimas) y firmitas (la precisión que sus obras exigen en su construcción es única) pero la imposibilidad de ser habitadas (por desastibilizadoras, por inútiles -dicho en el sentido de sin-utilidad-) las convierte en ajenas a la arquitectura. Dentro de ellas nos movemos como perfectos extraños, ocupantes de un mundo que claramente no nos pertenece, del que de ninguna manera formamos parte.


Y quizá esta es la lección que la arquitectura contemporánea debe aprender de este artista. Ningún arquitecto podrá construir obras con una belleza tan extrema como la de Turrell, ni encontrar una vinculación más necesaria entre el más preciso detalle y el sentido de la obra. Pero la imposibilidad de habitar convierte a las obras de Turrell en las obras de arte más extremas que podamos conocer, pero de ninguna manera en una obra de arquitectura.


Los espacios que él crea no nos pueden ser más extraños ni extraordinarios (a un extremo por el que muchos arquitectos matarían), pero de ninguna manera se vuelven arquitectura. Su carácter absoluto no nos puede ser más distante (y fascinante) y quizá sea esta la definición más precisa de la imposibilidad de llegar a esta cualidad extrema -el absoluto- desde la arquitectura.


Y también, el valor de lo que de ninguna manera encontramos en la obra de Turrell: lo ordinario.

*En Revista 1:100 número 47, mayo 2014.

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