Hacia una arquitectura inhabitable / Towards an uninhabitable architecture
- Oscar Fuentes Arquitectos

- 20 ene 2021
- 11 Min. de lectura
Actualizado: 30 oct 2025
Por Oscar Fuentes

No podría haber un indicio más claro de la presencia humana y del ejercicio de su intelecto que la muestra del contraste entre el orden y el desorden.
Deyan Sudjic
La investigación llevada adelante por Federico Pastorino sobre el trabajo de Jorge Scrimaglio nos enfrenta a un conjunto de obras -construidas o que quedaron en proyecto- de un rigor único en la práctica de la arquitectura en el Siglo XX en la Argentina.
La obsesión de Scrimaglio con los pocos temas recurrentemente por él desarrollados le ha permitido lograr en su conjunto una obra de gran unidad. Y si bien es obvio que estos temas pertenecen a ciertos momentos del Movimiento Moderno, es necesario decir que encuentran en su mano un desarrollo poco común.
En su obra, Scrimaglio trabaja con gran rigor sobre la organización de unidades elementales, sean estas desde simples ladrillos, listones de madera, muros, planos, etc. Unidades elementales de menor entidad que se organizan para constituir otras de mayor entidad que, a su vez, se organizan para, en un juego de elementos, ir organizando el todo. Elementos que si bien siempre se subordinan a un preciso orden geométrico, nunca pierden ni su singularidad (y pocas veces su materialidad) ni su especificidad en el orden del conjunto. A partir de este inicio -la definición de unidades que en su organización determinan el conjunto de la obra-, Scrimaglio logra resolver los temas más diversos: desde un stand hasta un campanario, desde un mueble hasta una capilla, desde un logotipo hasta una vivienda. Y si bien podría decirse de lo anterior que es la definición de una tradición disciplinar que alcanzó picos tanto en la arquitectura islámica como, en el Siglo XX, en la obra de Konstantin Melnikov, son la obsesión y el rigor con los que Scrimaglio trabaja lo que le confiere a su obra su valor. No solo por la singular capacidad y sensibilidad para la resolución de los temas que enfrenta, sino especialmente por encontrar en cada pequeño tema un modo de desarrollar un problema, que es el que finalmente va a resolver las demandas concretas de cada obra. Podría sostenerse que en el conjunto de la obra de Scrimaglio va creciendo en complejidad el desarrollo de estos modos de organización, simultáneamente geométricos y constructivos. Ya desde sus primeras obras muestra cómo la definición de un preciso sistema geométrico no deviene en mera abstracción al estar directamente determinado por la definición material de la obra. Tal es el caso de la Capilla del Espíritu Santo, donde Scrimaglio se auto-impone la restricción de trabajar con un solo material incluso de una única medida, (listones de pino de 50 mm. de lado de dos tonos distintos) y con este elemento resuelve situaciones de escala tan diversa como el altar, el coro, los sillones o un crucifijo. Todo con un orden geométrico tan obsesivo como totalizante, que confiere a la obra tanto unidad como extrañeza. Este modo de organizar los elementos demanda un sistema lógico que defina el carácter total de cada obra, ya que no es solo constructivo sino también espacial. Pero además debe decirse que esta unidad, que hace que el carácter de la obra esté determinado por el sistema organizativo que rige la disposición de todos los elementos constructivos, adquiere un especial sentido por la completa alteridad entre estas obras y el contexto en el que se desarrollan. Esto, que es evidente en las viviendas, -mayormente pequeñas y suburbanas- desarrolladas de cero o como ampliaciones de casas pre-existentes, no deja de verificarse incluso en la capilla citada. En esta obra, ante la demanda de adaptar como capilla a una pequeña habitación de una tradicional casa-chorizo del centro de Rosario, la respuesta de Scrimaglio fue construir un artefacto tan autónomo en su lógica interna como extraño a la construcción tradicional de la casa. El resultado final contrapone su lógica absoluta a un contexto doméstico (finalmente la casa chorizo no dejaba de ser una residencia de monjas).
Las circunstancias y el contexto en que se desarrolla una obra de arquitectura es determinante para su apreciación. Que prácticamente todas las obras de Scrimaglio estén proyectadas o construidas en la periferia de la ciudad de Rosario y que sus clientes –salvo en las obras encargadas por la Iglesia- sean pequeños comerciantes o artesanos con encargos mayormente domésticos o meramente utilitarios, les otorga un sentido que es inescindible de su programa estético. Porque no puede haber mayor distancia entre el extremo rigor que va alcanzado el sistema organizativo de sus proyectos con la labilidad de un entorno doméstico, informal y mutable como es el de nuestros suburbios (tanto en su realidad física como humana). La realidad profesional de Scrimaglio no puede separarse de este conflicto: el de un arquitecto cada vez más obsesionado con el sistema que rige sus obras que se enfrenta a un entorno -como el de la periferia- de creciente pauperización, tanto profesional como vital.
Y es este encuentro el que le otorga el máximo sentido a la obra de Jorge Scrimaglio: al recorrerla, uno siente estar frente a los edificios abandonados de una civilización perdida o inexistente. El extremo rigor constructivo y geométrico de las obras se encuentra con personas que lo habitan de manera casi incómoda. Las obras no parecen preocuparse de la realidad para la cual fueron construidas (tanto contextual, como humana). Uno ve en esos objetos extremos, obsesivos, tan distantes de la vida doméstica de sus habitantes, una presencia que impone su orden al caos. El sistema que rige las obras de Jorge Scrimaglio es tan evidente como preciso: se impone a su contexto, crea espacios de gran densidad en un contexto tan vacuo que se vuelven una porción de orden quimérico en el dominio de lo aleatorio.
Este choque entre su trabajo cada vez mas obsesivo y la realidad en la que pudo desarrollarlo incidió no solo en su temprano retiro (Scrimaglio prácticamente no trabajó en los últimos 25 años), sino también en su creciente radicalidad. Sus trabajos se van volviendo con el tiempo más cerrados sobre sí mismos, más obsesivos y a la vez más problemáticos. No pueden escindirse de esta visión los continuos conflictos en los que va entrando, tanto con los habitantes de sus obras ya construidas como con los de las obras futuras. Y no debe verse en esto una justificación psicológica.
No es casual, entonces, que hacia finales de los `80, rondando los 50 años de edad, Scrimaglio haya llevado su lógica al extremo: realizar una obra imposible de habitar. Porque no otra cosa es la casa Siri sino un objeto doméstico imposible. No hay manera de imaginar cómo podría esta ampliación de una pequeña casa de la periferia de Arroyo Seco (pueblo a la vez periférico de Rosario) haber desarrollado su domesticidad, convertirse en el lugar que una familia habitara. No parece casual no solo su no finalización, sino la total falta de resolución para el cierre de la construcción. Scrimaglio desarrolla en esta ampliación el extremo de su obra: los artefactos cada vez más cerrados sobre sí mismos que fue proyectando y construyendo a lo largo de los años encuentran en esta ampliación su logro máximo. Un sistema ortogonal y tridimensional a partir de ladrillos comunes que no distinguen paramento de cubierta y que se monta sobre una convencional casa-cajón de la manera más brutal posible. La lógica interna de la obra parece no reconocer nada que no sea parte de sí misma. Y quienes mejor lo entendieron fueron sus comitentes, haciéndolo manifiesto en cada rechazo a los visitantes que se acercaban a apreciar este singular artefacto (la propietaria de la fallida casa ampliada llegó a echarlos al grito de “¡salgan de aquí!, ¿ustedes saben lo que es vivir con este sombrero arriba?”). Nadie mejor que los propietarios de la casa podían entender la naturaleza de la obra: no había ninguna posibilidad de que esta ampliación fuera habitada. Y el que con los años le hayan encargado el desarrollo del equipamiento de la cocina y el comedor diario en la planta baja, abandonando por completo la ampliación iniciada, no es sino la aceptación tácita de esta imposibilidad.
No es casualidad que esta haya sido la última obra de Jorge Scrimaglio. Quizás tanto por el conflicto como por la imposibilidad de superar este extremo, no hubo otra obra singular en la vida profesional de este arquitecto.
Hoy podemos decir que la obsesividad de esta obra se completa con la tesis doctoral de Federico Pastorino, del cual este libro es un reflejo. La obsesión con la que reconstruyó el archivo de base de esta investigación, entrevistó a muchos de los participantes de la realización (autor, comitentes, constructores, etc.) y nos presenta críticamente, llevan luz a una obra injustamente poco conocida.
Rocas Negras, 23 de enero de 2017.
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There could be no clearer indication of human presence and the exercise of intellect than the contrast between order and disorder.
Deyan Sudjic
Federico Pastorino's research on the work of Jorge Scrimaglio presents us with a body of work—both built and unfinished projects—of unparalleled rigor in 20th-century Argentine architecture.
Scrimaglio's focus on the few recurring themes he explored has allowed him to achieve a body of work of great unity. And while it is obvious that these themes belong to certain periods of the Modern Movement, it must be said that they find an unusual development in his hands.
In his work, Scrimaglio works with great rigor on the organization of elementary units, whether these are simple bricks, wooden strips, walls, planes, etc. Smaller, elementary units are organized to form larger ones, which, in turn, are organized to, through a play of elements, organize the whole. These elements, while always subordinate to a precise geometric order, never lose either their singularity (and rarely their materiality) or their specificity within the overall structure. From this starting point—the definition of units whose organization determines the work as a whole—Scrimaglio manages to resolve the most diverse subjects: from a booth to a bell tower, from a piece of furniture to a chapel, from a logo to a house. And while it could be said that this defines a disciplinary tradition that reached its peak in both Islamic architecture and, in the 20th century, in the work of Konstantin Melnikov, it is the obsession and rigor with which Scrimaglio works that give his work its value. Not only for his singular ability and sensitivity in resolving the issues he addresses, but especially for finding in each small theme a way to develop a problem, which is what ultimately resolves the specific demands of each work. It could be argued that throughout Scrimaglio's oeuvre, the development of these modes of organization, simultaneously geometric and constructive, grows in complexity. Even in his earliest works, he demonstrates how the definition of a precise geometric system does not become a mere abstraction, but rather is directly determined by the material definition of the work. Such is the case of the Chapel of the Holy Spirit, where Scrimaglio imposes upon himself the restriction of working with a single material, even of a single size (50 mm pine slats in two different shades), and with this element resolves situations of such diverse scales as the altar, the choir, the seats, and a crucifix. All with a geometric order as obsessive as it is all-encompassing, which lends the work both unity and strangeness. This method of organizing elements demands a logical system that defines the overall character of each work, as it is not only structural but also spatial. Furthermore, it must be said that this unity, which determines the character of the work through the organizational system governing the arrangement of all the structural elements, acquires special significance due to the complete otherness between these works and the context in which they are developed. This, evident in the houses—mostly small and suburban—built from scratch or as extensions of pre-existing homes, is also true even in the aforementioned chapel. In this project, faced with the requirement to adapt a small room of a traditional "chorizo" house in downtown Rosario into a chapel, Scrimaglio's response was to construct an artifact as autonomous in its internal logic as it was alien to the traditional construction of the house. The final result contrasts its absolute logic with a domestic context (after all, the "chorizo" house was, in fact, a nuns' residence).
The circumstances and context in which a work of architecture is developed are crucial to its appreciation. The fact that virtually all of Scrimaglio's works are designed or built on the outskirts of Rosario, and that his clients—except for those commissioned by the Church—are small business owners or artisans with mostly domestic or purely utilitarian projects, gives them a meaning inseparable from his aesthetic program. For there can be no greater distance between the extreme rigor that the organizational system of his projects achieves and the fragility of a domestic, informal, and ever-changing environment like that of our suburbs (both in its physical and human reality). Scrimaglio's professional reality cannot be separated from this conflict: that of an architect increasingly obsessed with the system governing his work, confronted by an environment—like the periphery—of growing impoverishment, both professionally and personally.
And it is this encounter that gives Jorge Scrimaglio's work its fullest meaning: as one walks through it, one feels as if standing before the abandoned buildings of a lost or nonexistent civilization. The extreme constructive and geometric rigor of the works meets the people who inhabit them in an almost uneasy way. The works seem unconcerned with the reality for which they were built (both contextual and human). One sees in these extreme, obsessive objects, so distant from the domestic lives of their inhabitants, a presence that imposes its order on chaos. The system that governs Jorge Scrimaglio's works is as evident as it is precise: it imposes itself on its context, creating spaces of great density in a context so empty that they become a portion of chimerical order in the realm of randomness.
This clash between his increasingly obsessive work and the reality in which he was able to develop it influenced not only his early retirement (Scrimaglio practically did not work in the last 25 years), but also his growing radicalism. Over time, his works become increasingly self-contained, obsessive, and simultaneously more problematic. This vision is inseparable from the ongoing conflicts he encounters, both with the inhabitants of his existing buildings and those of future projects. This should not be seen as a psychological justification.
It is no coincidence, then, that towards the end of the 1980s, around the age of 50, Scrimaglio took his logic to the extreme: creating a work impossible to inhabit. For the Siri House is nothing other than an impossible domestic object. It is impossible to imagine how this extension of a small house on the outskirts of Arroyo Seco (a town on the outskirts of Rosario) could have developed its domestic character, become a place for a family to live. It seems not only that it remains unfinished, but also that there is a complete lack of resolution regarding the completion of the construction. In this extension, Scrimaglio develops the extreme of his work: the increasingly self-contained structures he designed and built over the years reach their culmination in this addition. An orthogonal, three-dimensional system made from common bricks that fail to distinguish between wall and roof is mounted on a conventional box-like house in the most brutal way possible. The internal logic of the work seems to recognize nothing that is not part of itself. And those who understood it best were its patrons, making it evident in every rejection of the visitors who came to appreciate this unique artifact (the owner of the failed extended house even went so far as to throw them out shouting “Get out of here! Do you know what it is like to live with this hat on?”). No one understood the nature of the work better than the owners of the house: there was no possibility that this extension could be inhabited. And the fact that, over the years, he was commissioned to develop the kitchen and dining room furnishings on the ground floor, completely abandoning the extension he had begun, is nothing more than a tacit acceptance of this impossibility.
It is no coincidence that this was Jorge Scrimaglio's last work. Perhaps due to both the conflict and the impossibility of overcoming this obstacle, there was no other singular work in this architect's professional life.
Today we can say that the obsessive nature of this work is further explored in Federico Pastorino's doctoral thesis, of which this book is a reflection. The meticulousness with which he reconstructed the foundational archive for this research, interviewed many of those involved in the project (author, clients, builders, etc.), and presents them critically, sheds light on an unjustly little-known work.
Translated with the aid of Google Translate





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