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  • Oscar Fuentes Arquitectos

Entre la vivienda colectiva y la agrupada

Actualizado: ene 22

Por Oscar Fuentes


El desarrollo de los conjuntos de unidades apareadas en la ciudad de Buenos Aires se popularizó en los años 80 debido, especialmente a la crisis de la economía de esos años. Esta generó una gran falta de inversión y provocó que los pocos promotores que siguieron actuando en la industria de la construcción fueran pequeños inversores que, con capital propio debido a la falta de crédito, buscaran opciones no sólo de fácil aceptación por parte de los compradores, sino también de baja inversión y rápida realización (elijo especialmente este término por el doble uso que de él hoy se hace: no sólo el referido a la concreción de la obra, sino además a su venta). Sin embargo ésta no era una tipología nueva ni mucho menos, carente de casos paradigmáticos.

Tanto es así que se puede encontrar un significativo debate referido a este tema poco después de finalizado el Stuttgart Wiessenhof Siedlungen, dirigido por Mies van der Rohe, que tanta importancia tuviera para el desarrollo del Movimiento Moderno y especialmente para el tema central en sus debates: la vivienda masiva. Esta discusión comienza cuando Adolf Loos visita Stuttgart y, luego de escribir algún artículo crítico hacia esta operación (Die Moderne Siedlung –los modernos barrios residenciales– 1926, publicado en castellano en Ornamento y delito y otros escritos), organiza una respuesta más concreta en la ciudad de Viena: el Wiener Wekbund Siedlung, un conjunto al cual invita –a la manera del de Alemania– a una serie de arquitectos internacionales (Neutra, Lurcat, Haring, Rietveld, el posteriormente radicado en la Argentina Walter Loos, y otros) pero donde las pautas responden a lo que –él considera– es un Siedlung.

Lo que Loos critica del conjunto que organizara Mies, es que las viviendas desarrolladas allí son viviendas burguesas, a diferencia de la tradición del Siedlung que es una tradición de viviendas populares, en donde la forma de vida a ser desarrollada tiene relación con las masas rurales transplantadas a las grandes ciudades desde finales del siglo XIX. Para estas masas, la tradición de la casa sobre el terreno propio no solo tiene una función práctica de producción (la explotación de pequeños huertos), sino que además tiene tanto tradición como significación. El conjunto de Stuttgart en ese sentido no sería otra cosa –según Adolf Loos– que un conjunto de viviendas burguesas, que poco tenían que ver con los destinatarios a los que, supuestamente, estaban dirigidas.

Y es aquí donde este debate de los primeros tiempos del Movimiento Moderno –y de algunos de sus principales actores– se entronca con nuestras tradiciones.

A lo largo del siglo XX se desarrollaron en la ciudad de Buenos Aires conjuntos de características similares, no solo en manos del estado, sino también de privados (quizá la más significativas sea la experiencia de Casas Baratas, desarrolladas en forma de conjuntos en diversos barrios de la ciudad). Estos conjuntos siempre tuvieron un funcionamiento óptimo, verificable tanto por el perfecto estado en el que se encuentran, como por el modo en que se integraron a la ciudad. Y cito estos dos aspectos, por citar algunos en los cuales otros modelos de vivienda colectiva fallaron.

Esto nadie lo tiene más claro que los habitantes de estas tipologías, quienes, por no poder acceder a una vivienda individual (especialmente en zonas urbanas, provistas de buenos servicios) o por razones de seguridad, buscan recrear en estas tipologías ese modo de vida. Todo esto no pasa desapercibido para los desarrolladores que llevan adelante este tipo de conjuntos por toda la ciudad.


Y es aquí donde entramos los arquitectos: ante un pedido claro y coherente de parte de promotor y habitantes, es también donde corremos el riesgo de cometer los peores errores. Este riesgo empieza con la imaginería típicamente asociada a estos conjuntos que, aunque ubicados muchas veces en áreas de claro valor urbano, parecieran sólo poder hacer referencia a imágenes suburbanas, exigiendo como única opción, una manifestación física de la exacerbada individualidad de sus habitantes.

Creo que la única manera de que nuestra producción adquiera sentido es enfrentando las contradicciones que se plantean entre los reclamos de quienes nos encargan los trabajos y los valores que nosotros –como arquitectos– creemos que deben tenerse en cuenta, no sólo con relación a la vivienda sino también en lo que hace a la ciudad.

Y esto lo digo porque el desarrollo de estos conjuntos se ha convertido tanto en un campo de especulación extrema como también de clichés; tal contexto hace que la referencia inicial a una tradición moderna adquiera mayor sentido al pensar en todos los temas que se pueden desarrollar en esta área.

Así, ante algunos casos en los que tuve oportunidad de desarrollar este tema, me concentré en las diversas posibilidades que ellos ofrecían.

En el conjunto de la calle Martínez Castro en el barrio de Flores, la particularidad de un terreno muy profundo permitió trabajar sobre una doble línea de unidades separadas por un patio central, accediendo a las unidades posteriores por dos pasillos especialmente iluminados desde este patio.

Cada una de las diez unidades –desarrolladas en tres niveles– tiene jardín y terrazas, para así darles distintos espacios exteriores.

Con relación a la fachada, el conjunto tiene un tratamiento unificado, no sólo porque permitía darle una escala distinta en cuanto a su división parcelaria en un barrio típico de Buenos Aires, sino también para contraponer una fuerte línea horizontal a la pendiente de la calle.

En el conjunto de la calle Moliere, el pedido del comitente fue específico: un conjunto de 15 unidades, todas con acceso directo desde la calle, imagen caracterizada para cada unidad, ladrillo a la vista, bow-windows y un alero por puerta, o sea, todas las convenciones del género.

La primera decisión fue implantar las unidades a 9 metros de la línea municipal, lo que permitía no sólo poner el estacionamiento en los primeros 5 metros, sino también crear un jardín que, al igual que la planta baja, estuviera elevado 80 centímetros del nivel cero, logrando así tener sus vistas por sobre los coches. En cuanto a la materialidad del conjunto, la transparencia de la planta baja se opone a un primer nivel prácticamente ciego, permitiendo que el mismo volumen que define las unidades apareadas unifique el conjunto como una masa única. Al igual que en el ejemplo anterior, las losas planas permiten tener diferentes niveles de terrazas, que en este caso –debido al gran tamaño del jardín posterior– se plantearon como expansión específica de las habitaciones. Este último tema, el de los espacios exteriores y su relación con el interior, es muy importante en estos conjuntos, ya que quizá sea el principal factor de diferenciación con los tipos convencionales de vivienda colectiva. No es raro ver como la especulación lleva a que los patios o jardines sean mínimos y que la convención de los techos inclinados lleve a la inexistencia de terrazas, con lo cual las unidades aparecen como departamentos de planta baja, sin ninguna diferenciación con uno de propiedad horizontal. Los modos de apropiación por parte de los habitantes de estos conjuntos muchas veces tienden a evitar todo espacio común. Las razones son muchas: al antedicho individualismo se agrega el evitar todo gasto común de mantenimiento, lo que en muchos casos hace que todos los espacios abiertos se conviertan en patios privados, que muy comúnmente terminan siendo cubiertos, produciendo una gran degradación del conjunto.

Y este es quizá el punto principal, en el cual haya que definir si estos conjuntos son de vivienda colectiva o viviendas agrupadas, y comprender las implicancias que estos dos conceptos diferentes pueden tener como posibilidad de desarrollo. A la tendencia clara, de parte de los desarrolladores, de entenderlos con viviendas individuales agrupadas –que hace muchas veces que los habitantes no entiendan que están bajo el régimen de propiedad horizontal– es posible desarrollar temas comunes que potencien su uso como un tipo de vivienda colectiva que no sólo permitan densificar zonas deprimidas de la ciudad, sino que lo hagan manteniendo modos de habitar preexistentes a los que se les sumen las posibilidades de otros modelos de hábitat colectivo.


*En Revista Summa+ número 55, 2002, p. 42-45.

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