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  • Oscar Fuentes Arquitectos

A propósito de la obra pública de Archi5

Por Oscar Fuentes


El éxito del Movimiento Moderno (MM) sobre las corrientes historicistas que dominaban la escena a principios del Siglo XX, produjo una crisis profunda en la representación pública en la arquitectura. Esto no ocurrió debido a errores o falta de capacidad de los primeros arquitectos del MM, al contrario, se trataba de un hecho constitutivo: la arquitectura moderna venía a abandonar el sentido de permanencia y apariencia que según Alberti, toda arquitectura pública demanda y que los arquitectos historicistas habían logrado desarrollar plenamente en sus obras. El reemplazo de estos conceptos por los de temporalidad y transparencia, no consiguió consolidarse en la sociedad en ninguna de las vertientes que el MM siguió. Así ni Le Corbusier, Mies, Aalto ni Wright (y menos aun sus seguidores), consiguieron un tipo de representación que la sociedad aceptara en reemplazo de la anterior arquitectura pública que ellos vinieron a reemplazar, y de esta manera se produjo un vacío que nada ocupó (que pensándolo bien, vino a hacerlo la publicidad). Además la aceptación fue esquiva tanto en el mundo capitalista como en el socialista. Si en algún modo se impuso el MM fue por su eficiencia, así el breve periodo en que se logro alguna aceptación pública para este en su carácter de arquitectura pública, fue como representación de economía, eficiencia y progreso, y por esta razón las grandes corporaciones -antes que el Estado- fueron las que tomaron la arquitectura moderna como imagen de representación institucional. Este fracaso se extendió durante el fallido período postmoderno. El tímido intento de entroncar la arquitectura contemporánea con las tradiciones históricas occidentales ya era imposible. Como dijera Aldo Rossi desde uno de sus magníficos dibujos: ‘Ahora esto se ha perdido’.

Pero lejos estamos que esta cuestión se haya saldado. La escena contemporánea sigue teniendo en este aspecto uno de sus problemas más importantes, y lo que si parece haber ocurrido es un corte. Si durante los años de postguerra, los -usando el término de Reyner Banham- formgivers, consiguieron que sus lenguajes se impusieran entre un número importante de discípulos (con resultados diversos, algunas veces excelentes), generando de esa manera un conjunto de opciones reconocibles de lenguajes arquitectónicos, en este momento parece haber un cesura profunda entre los arquitectos más reconocidos de la cultura arquitectónica contemporánea y el grueso de estudios que produce las obras públicas con las que se construyen nuestras ciudades.


Y este corte no es casual. El tipo de sociedad en que nos hemos convertido, cree necesario que algunas obras públicas tengan un tipo de espectacularidad que le garantice -al menos durante algunos minutos- un funcionamiento exitoso en el mundo mediático. Seguir el proceso que los presentes eventos deportivos -con los Juegos Olímpicos y Mundiales en primer lugar- y algunos monumentos o museos van siguiendo por estos días, muestra la desesperación de los políticos por garantizarse un éxito mediático antes que arquitectónico o urbanístico. De hecho no importa el consiguiente fracaso, las obras solo servirán para unas funciones y nada más. De hecho para los próximos eventos ya se habla de edificios temporales: grandes y carísimos gestos arquitectónicos para servir por unos pocos días en los que la atención del mundo se posará sobre ellos, y luego serán desarmados y recomprados como chatarra por los mismos constructores. Esta temporalidad parece también ser el más justo destino para su carácter: edificios al día que solo funcionan para el evento para el que fueron pensados y para la carrera de sus autores (además de para las carreras de los políticos que los promovieron). No hace falta enumerar obras, basta con prestar atención al destino de algunos estadios del Mundial de Sudáfrica y de los Juegos Olímpicos de Beijing. O ver que pasa con algunos de los centros culturales y museos construidos en el mundo en los últimos tiempos. Todos parecen haber buscado el famoso “Efecto Bilbao” y para lograrlo lo estrafalario no fue solo el presupuesto, los lenguajes puestos en juego no se quedaron atrás.


Y mientras muchos políticos y arquitectos buscan su Bilbao, la vida sigue y muchas instituciones tratan de construir obras que estén pensadas para quienes van a servirse de ellas -ya sea por ocuparlas, ya sea por vivir en las ciudades en las que se van a construir- antes que para ser seguidas por los medios.


Es aquí donde se produce el corte al que hacía mención anteriormente. Son ya legión las obras que resuelven estos encargos institucionales con una arquitectura neutra, sin estridencias ni lenguajes idiosincráticos, pero que parecen estar logrando una arquitectura pública eficiente en todos sus términos. Eficiente por pensar correctamente en las demandas que cada comunidad requiere para sus edificios, y eficiente por pensar en un tipo de carácter que por su neutralidad los sustrae del contexto de imágenes contemporáneas. Y si este carácter neutro, mal llamado por muchos minimalismo -el minimalismo no puede tener nada que ver con la arquitectura por definición- no parece incluir la retórica exigida por toda arquitectura pública, si le garantiza un tono adecuado para un tipo de edificio institucional que debe abstraerse de la volubilidad de los lenguajes visuales que la sociedad contemporánea promueve hasta el hartazgo.


Es en esta contemporánea tradición donde puede entroncarse la obra pública de Archi5. Obras como el Gimnasio Universitario de Villetaneuse o el Grupo Escolar de Lamoniciere, logran en la conjunción de su carácter con su calidad y pertinencia constructiva una obra que resuelve las demandas básicas de este tipo de arquitectura institucional: una adecuada habitabilidad con un carácter ajustado, en el que sin retórica, se exponen las técnicas constructivas más adecuadas para desarrollar estas obras.


Y cuando me refiero a neutralidad del carácter, esto no implica que no haya soluciones particulares. Así puede verse en el Complejo Cultural de Pontault-Combault (proyectado con el chileno Borja Huidobro) y en el Liceo Marcel Sembat en Soteville les Ruen, donde en el primero el carácter del edificio esta fuertemente marcado por la yuxtaposición del volumen superior con la exhibición de su estructura de acero y en el segundo por el cubrimiento de toda la estructura nueva y la existente que no pertenecía al edificio tradicional del Liceo con una estructura metálica con una sobrecubierta verde. En ambos casos, los esfuerzos realizados -tanto estructurales como formales- aparecen medidos, ajustados a las demandas de las particularidades de ambos edificios, más que como determinaciones subjetivas del proyectista. El modo en que en el Liceo Marcel Sembat, el tratamiento de la sobrecubierta verde resuelve la tosca yuxtaposición que la estructura anteriormente agregada había provocado a la construcción original, muestra como a veces la arquitectura puede resolver los mismos problemas que esta provocó. El modo en que el carácter de la nueva construcción se separa del edificio antiguo dándole protagonismo, sin que las nuevas alas del comedor y los ateliers carezcan de él, es ejemplar de cómo esta arquitectura puede enfrentar este tipo de problemas.


De hecho, el que varios de estos encargos sean ampliaciones de edificios existentes, muestra la ductilidad que este modo de trabajar tiene para enfrentar retos medidos. No estamos frente al caso del arquitecto que solo puede trabajar con presupuestos inmensos y liberado de toda condicionalidad y compromiso. El ajuste a cada una de las situaciones a las que se enfrenta, hace de este modo de trabajar la arquitectura pública una oposición manifiesta a la megalomanía de las retóricas personales. Y no es que falte creatividad en este tipo de arquitectura. La escena contemporánea parece premiar lo que justamente en muchos casos se vuelve en contra de las propias obras: una cantidad de invariantes preestablecidas por el arquitecto, que en muchos casos no hacen sino fracasar la obra. La búsqueda de la solución pertinente a cada circunstancia, demanda muchas veces un trabajo de ajuste y prueba, que poco tiene que ver con la imposición de lenguajes preestablecidos, y que demanda del oficio y talento del proyectista para controlar todas las variables en un conjunto en los que pertinencia y coherencia sean sus características principales.


La escena arquitectónica con su sobre-dimensionamiento de publicaciones, escuelas, conferencias, congresos y festivales está hoy regida por los malabaristas del carácter. Es de esperar que nuestras ciudades sigan encontrando artesanos que desarrollen las obras en su más profunda particularidad y pertinencia. El conjunto de obra pública construido por Archi5 forma claramente parte de este amplio y silencioso grupo.

*Texto no publicado, destinado originalmente al libro Archi5. Selected works / 2003-2013. 1:100 Ediciones, marzo 2013.

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